martes 24 de noviembre de 2009

En lugar seguro. Wallace Stegner. Traduc. Fernando González. Libros del Asteroide. 2008.

En más de una ocasión se ha debatido si la literatura puede surgir en medio de la felicidad o si al menos puede narrar con éxito la vida de seres comunes y corrientes. Las respuestas a favor del drama son múltiples y las razones evidentes, la opción por el realismo puro, simple y descarnado en cambio es tan arriesgada que son pocos hoy en día los que deciden aceptarla, menos aún si aquel realismo carece de desesperanza. Veamos, la cuestión es esta: si Usted, sus amigos, su familia, lo que le sucede, es decir su trabajo, las diversiones, lo que corrientemente hace, no son sobresaltados y absurdos, o más bien son sosegados, tranquilos y previsibles, no tiene nada que ver con la literatura, ni siquiera se aventure a escribir un diario.
Pero no siempre ha sido así, afortunadamente, es una moda más o menos moderna, coincidente con la toma de la literatura por ciertos géneros en los que la historia vale más que la belleza.
Por eso llama la atención el realismo de Stegner, al fin y al cabo maestro de Carver, y En lugar seguro es no solo prueba de aquel realismo sino de su intención de que a finales del siglo XX bien pudiera escribirse una historia con seres normales a los que les suceden asuntos normales y que transitan por su vida con relativa tranquilidad y apenas los sobresaltos que todos debemos padecer: amor, desilusión, enfermedad, trabajo, goce y muerte. Increíble que a otros pueda parecerles poco.
En lugar seguro es la historia de dos parejas amigas, los esposos son profesores sujetos al terrible y demoledor sistema académico norteamericano. Se trata de personas cultas, sinceras y generosas, su amistad surge muy jóvenes cuando esperan su primer hijo y perdura cuarenta años. Morgan, invitado con su esposa a la despedida de Charity que sufre de cáncer, recuerda durante el fin de semana aquellos años de amicitia durante los cuales ha procurado hacer el intento de entender y aplicar a Cicerón. Claro que Morgan ha tenido sobresaltos y temores pero nunca ha salido mal librado, nunca han salido mal librados, han sido matrimonios esclavizantes, cada uno a su modo, pero ninguno hubiera querido otro tipo de vida. Su amistad ha sido un goce y la generosidad ha sido no solo un gesto que la refuerza sino un placer.
Pero el escritor sabe el enorme riesgo que corre con esta historia aparentemente elemental y sin sobresaltos, e incluso lo advierte: "El drama requiere una inversión de las expectativas, pero de manera tal que la primera sorpresa vaya seguida de un inmediato reconocimiento de la inevitabilidad. Y la inevitabilidad exige prender con gran atención los alfileres. Puesto que esta historia trata de una amistad, el drama crea la expectativa de un vuelco de esa amistad. Algo tiene que quebrarse en nuestro entrañable cuarteto, susurra el novelista que llevo dentro. Dada la dirección habitual que sigue la narrativa contemporánea y las habituales ideas contemporáneas sobre el carácter y la conducta humanas, nada más plausible que Sid Lang, un macho exuberante casado con una esposa poco maleable, se sintiese tentado por la naturaleza más suave de Sally… Bueno pues peor para el drama. No va a pasar nada de esa suerte. Pasará algo menos ortodoxo en lo dramático".
Y así va la narración y la historia de alguna manera retando el deseo contemporáneo de que se tuerza y retuerza o de que aparezcan héroes, heroínas y villanos, pero no, eso no sucede, incluso el narrador reclama a una interlocutora: "¿Es obligatorio ser uno de los inmortales? –dije-. Todos somos gente decente y no santos, Hallie. No seamos demasiado duros los unos con los otros sino queremos incendiar el mundo. De eso ya hemos tenido bastante".
Y más adelante vuelve a reclamar, ahora al lector, del que Stegner presiente un reproche: "…Vivimos como podemos, hacemos lo que debemos hacer, y no todo se rige por parámetros freudianos o victorianos. De lo que si estoy seguro es de que la amistad –no el amor, la amistad- es tan posible entre mujeres como entre hombres, y que en ambos casos suele ser lo bastante poderosa como para no tener que traspasar ninguna línea de seguridad sexual. Sexualidad y desconfianza van juntas muy a menudo, y ambas son incompatibles con la amicitia".
Stegner es sin duda un maestro, más de trescientas páginas sin intriga y suspenso, solo la narración de una amistad sincera y constructiva que obviamente cuenta con pequeñas serpientes como de las que hablaba Hawthorne: "camufladas entre una turbamulta de sentimientos de lo más cálidos y generosos".
En lugar seguro es un libro feliz y leerlo es una felicidad.
***
Hace apenas unos pocos meses leí a Hubert Nyssen: "O la parisina del suroeste que me reveló al inmenso Wallace Stegner del que no sabía nada". Tome nota del nombre.
Luego, un sábado apareció por la librería en la mañana, tal como es ya su costumbre, Carmen Ruiz, traía una bolsa con croissants para el café y un libro para prestarme: "En lugar seguro" de Wallace Stegner.
Ni se me ocurre emplear una extraña palabra para explicar los dos hechos, tan solo evidencio de nuevo que la providencia rige también nuestras lecturas.
Ahora comprendo cabalmente la expresión de Nyssen y la generosidad de Carmen. (pfa)

Nota: Wallace Stegner (1903—1993) nació en Lake Mills, Iowa. Recibió los premios: Commonwealth Club Gold Medal, Pulitzer y National Book Award. Escribió: All the Little Live Things, The Spectator Bird, Rememberin Laughter, The Big Rock Candy Mountain, entre otros libros.

martes 17 de noviembre de 2009

De otra manera. Jane Kenyon. Traduc. Hilario Barrero. Pretextos. 2007.

Kenyon vivía en una granja en New Hampshire acompañada de su esposo, también poeta, Do-nald Hall. Procuraba llevar una vida sencilla, sin sobresaltos, lo más tranquila posible. No obstante su actividad literaria era amplia: colaboró con las publicaciones New Yorker, y Paris Review, tradujo a Anna Ajmatova y publicó varios libros de poesía.

Aquella sencillez deliberada le permitió quizá elevar la capacidad para percibir y sentir aquello que el barullo y el ruido del mundo contemporáneo y la vida citadina nos impide: el sonido de la yegua que cocea, el batir de las alas del murciélago que se desprende en la oscuridad o la apremiante y natural necesidad del ratón que en invierno se escabulle hasta la alacena y construye su nido en medio de los manteles de encaje, para luego abandonarlo en verano dejando solo daños y pequeños excrementos negros: "mechones de fibra, excrementos como negras/ semillas de alcaravea, y las manchas de parto/ y sobre parto despiden el fuerte/ e inolvidable hedor de ratón/ que impregna las granjas viejas/ en los húmedos días de verano".

Es obvio que no se trata de una poesía intelectual y compleja, es en cambio transparente y directa, no pretende explicar y ni siquiera cuestionar algo, apenas pone en evidencia y si acaso, pero no siempre, se atreve a formular convicciones: "No es el Dios del espacio curvo,/ el seco Dios quien va a ayudarnos, sino el hijo/ cuya sangre salpica…".

Gestos solo probables en la intimidad, erotismo y amor, y el polvo que todo lo cubre lenta e inobjetablemente porque al fin al cabo "el universo es polvo". El universo de Kenyon bien podría haber pasado desapercibido y silencioso, pero no fue así, a veces ciertos prodigios del bosque logramos verlos aunque cantidades infinitas se oculten a nuestros ojos, y es un misterio tal revelación, como lo era para ella su poesía pues ¿quién susurra al oído las palabras?: "Estos versos están escritos/ por un animal, por un ángel/ un extraño sentado en mi silla;/ por alguien que ya sabe/ cómo vivir sin problemas/ entre libros, pucheros y sartenes" (pfa)

martes 10 de noviembre de 2009

Un encuentro

Me encontré Un encuentro de Milan Kundera, por acaso: un libro que es como una conversación con un viejo amigo, aquí en la mesa del porche de Libélula: pongamos con Hernando Yepes Arcila, uno sabe que va a tratar de lo mismo, lo más bueno: nada de método, pura gracia.
Busqué, averigüé, casi: perseguí el libro de ensayos literarios de Coetzee; ni su título: Mecanismos internos me disuadió de conseguirlo. Ligero me desengañé: parece un libro de curso de un profesor de literatura competente, pero aburrido; fechas, libros: mero orden, pura desgracia.

José Fernando Calle T.—Libélula libros

lunes 26 de octubre de 2009

Pregúntale al polvo. John Fante. Traduc. Antonio Prometeo M. Anagrama.

Cuando vi que el prólogo de la novela estaba escrito por Charles Bukowski, mi primer impulso fue dejarla de lado. No es que el viejo borracho me moleste, ni mucho menos, pero por ahora y durante mucho tiempo prefiero dejar de lado esas historias de “todo me importa un carajo” llenas de sexo, licor, drogas y nada más. Todo tiene su época, supongo.

Así que cuando un amigo mexicano me regaló el libro como despedida, lo metí en la maleta y allí lo tuve, escondido entre sacos y chaquetas de invierno, hasta que lo saqué porque no tenía plata para comprar otra cosa. Sin mucho de dónde agarrar, empecé con la historia de Arturo Bandini, saltándome –eso sí– el prólogo de Chinaski.
Lo admito: pensé que me iba a encontrar con lo de siempre y terminé llevándome una sorpresa. Leyéndolo uno entiende por qué a Bukowski le gustó tanto, pero por fortuna no son iguales. Bandini es un aspirante a escritor que vive en el Los Ángeles de los años treinta y se siente gran cosa porque publicó un relato titulado “El perrito que reía” en una revista de poca monta. Como visita de manera regular una cafetería en el centro de la ciudad, conoce a una mesera mexicana de la que al final se enamora. O eso es lo que uno supone, porque con Bandini nunca se sabe. Dice que la ama, sí, pero su forma de demostrárselo es el desprecio; y ella, que parece encantada, le paga con sumisión. El libro se va yendo en una traumática relación de amor-odio y en los intentos del lector por descifrar a Bandini, que siempre hace una cosa distinta a la que piensa.

Quizás por eso el título, vaya uno a saber. A decir verdad la novela no está mal; en últimas, no es el clásico tipo duro y cabrón de Bukoswki sino alguien lleno de contradicciones. Alguien como cualquier otro, después de todo.
Martín Franco Vélez - Libélula Libros

lunes 19 de octubre de 2009

Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio

                                                                          
Se ha presentado una divertida controversia entre El Malpensante y Arcadia debido a que esta última presentó en su penúltimo número la breve crónica de una conversación con Harold Alvarado Tenorio. A los editores del Malpensante les ha parecido que se incurrió en excesos y comparaciones absurdas. No es necesario entrar en la discusión pues ya se bastan ellos para provocarse, pero vale meter basa para advertir que el mundo literario en Colombia merece más color, más provocación, más controversia, menos unanimismo, seguimos en el mismo estado de autoelogios, gestando escritores a veces con oficio pero siempre insípidos, y cuando más, llorones pretensiosos que suponen insuperable la capacidad de juntar de manera coherente más de tres frases. Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio. En otros casos no es más que ejercicio académico que intenta emular los aburridos trabajos de universidades norteamericanas. Son pocas las notas que auscultan con juicio algún libro, su publicación debe agradecerse precisamente a revistas como Arcadia o El Malpensante: los Sopores de Morales y las juiciosas notas de Luis H. Aristizabal, poco más.
Claro, para decir algo habría que leer.
Alvarado Tenorio podrá ser un provocador que da golpes bajos, pero el establecimiento literario y editorial no se encumbra para mucho más. Un poco de humor y mala leche no pueden ser mal vistos en medio de tanto gris y tanta tristeza.
Como sucede con muchas otras cosas en Colombia, parece que quisiéramos arroparnos de cierta falsa melancolía: supondrán que solo allí habitan el arte y la poesía. (pfa)

lunes 12 de octubre de 2009

Notas

Lucy, quien maneja la caja y tantas otras cosas en la librería, acepta a veces recomendaciones de lecturas, siempre dependiendo de quien provengan. Tomás, otro dependiente, con claros ánimos educadores le llevó Pedro Páramo. No es posible imaginar los argumentos que habrá expuesto para recomendar la lectura, cabe en cambio suponer que habló entre dientes mientras acomodaba libros. Lucy luchó días enteros con el libro de Rulfo, lo hizo de manera franca. Luego, una vez devuelto el ejemplar, y en medio de alguna conversación, justo cuando no éramos pocos los presentes, soltó su crítica: “ese libro no me gustó, o yo me perdía o el perdido era él. A veces los personajes estaban muertos y a veces los mismos, vivos. Vivían y morían para volver a vivir o morir unas páginas más adelante”.
Podrá no haberle gustado, pero dio en el clavo. (pfa)

martes 22 de septiembre de 2009

La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Junot Díaz. Mondadori. 2008.

Ignatius Reilly, el protagonista de La conjura de los necios, y Óscar Wao, el personaje de La maravillosa vida breve de Óscar Wao tienen muchas cosas en común: gordos, excluidos, incomprendidos, y paranoicos en mayor o menor grado, son formidables personajes que, gracias a su fuerza y contundencia, no solo se sienten posibles y hasta cercanos, sino que también han convertido sus espacios vitales, es decir, las novelas en las cuales viven, en formidables obras literarias.
La creación de un personaje memorable implica una complejidad literaria y creativa difícil de conjugar. La historia refleja lo eventual que puede ser esta conjunción. El personaje creado por el dominicano Junot Díaz tiene una fuerza vital extraña en la literatura contemporánea, y esa virtud sin duda merece, tal como ha sucedido, el reconocimiento de la crítica y los lectores. Sin importar el género nos hemos acostumbrado a una literatura desprovista de seres humanos, leemos en cambio acerca de meras presencias, instantes vitales, fugacidades y desencuentros, por eso emociona encontrar una obra en la que se presenta de manera generosa un individuo, tan posible como el mismo lector. Por otra parte, y tal vez debido también a Óscar, puede afirmarse que La maravillosa vida breve es una novela que refresca el ambiente literario contemporáneo, acudiendo a las más tradicionales formas literarias.
Es tan innegable la relación existente entre Óscar Wao y el ya mencionado Ignatius Reilly, que estoy seguro Junot Díaz la reconocerá, si no es que ya lo ha hecho, como es indudable también su deuda con las historias menores que rodearon al régimen trujillista, narradas con destreza y humor; pero el asunto de Óscar Wao va más allá, porque además de dominicano es también un latino en Estados Unidos y las posibilidades tragicómicas que se derivan de tal condición son múltiples y Díaz sabe aprovecharlas. El gordo Óscar es un nerd sobrehormonado que vive en un mundo de ciencia ficción, en el que las mujeres son lo único lejano e imposible, no obstante el personaje es dulce e inteligente y termina ganando el afecto del lector, que a pesar de su pesadez física, lo convierte en un héroe torpe y querido, tal como lo es Ignatius. (pfa)