martes 10 de noviembre de 2009

Un encuentro

Me encontré Un encuentro de Milan Kundera, por acaso: un libro que es como una conversación con un viejo amigo, aquí en la mesa del porche de Libélula: pongamos con Hernando Yepes Arcila, uno sabe que va a tratar de lo mismo, lo más bueno: nada de método, pura gracia.
Busqué, averigüé, casi: perseguí el libro de ensayos literarios de Coetzee; ni su título: Mecanismos internos me disuadió de conseguirlo. Ligero me desengañé: parece un libro de curso de un profesor de literatura competente, pero aburrido; fechas, libros: mero orden, pura desgracia.

José Fernando Calle T.—Libélula libros

lunes 26 de octubre de 2009

Pregúntale al polvo. John Fante. Traduc. Antonio Prometeo M. Anagrama.

Cuando vi que el prólogo de la novela estaba escrito por Charles Bukowski, mi primer impulso fue dejarla de lado. No es que el viejo borracho me moleste, ni mucho menos, pero por ahora y durante mucho tiempo prefiero dejar de lado esas historias de “todo me importa un carajo” llenas de sexo, licor, drogas y nada más. Todo tiene su época, supongo.

Así que cuando un amigo mexicano me regaló el libro como despedida, lo metí en la maleta y allí lo tuve, escondido entre sacos y chaquetas de invierno, hasta que lo saqué porque no tenía plata para comprar otra cosa. Sin mucho de dónde agarrar, empecé con la historia de Arturo Bandini, saltándome –eso sí– el prólogo de Chinaski.
Lo admito: pensé que me iba a encontrar con lo de siempre y terminé llevándome una sorpresa. Leyéndolo uno entiende por qué a Bukowski le gustó tanto, pero por fortuna no son iguales. Bandini es un aspirante a escritor que vive en el Los Ángeles de los años treinta y se siente gran cosa porque publicó un relato titulado “El perrito que reía” en una revista de poca monta. Como visita de manera regular una cafetería en el centro de la ciudad, conoce a una mesera mexicana de la que al final se enamora. O eso es lo que uno supone, porque con Bandini nunca se sabe. Dice que la ama, sí, pero su forma de demostrárselo es el desprecio; y ella, que parece encantada, le paga con sumisión. El libro se va yendo en una traumática relación de amor-odio y en los intentos del lector por descifrar a Bandini, que siempre hace una cosa distinta a la que piensa.

Quizás por eso el título, vaya uno a saber. A decir verdad la novela no está mal; en últimas, no es el clásico tipo duro y cabrón de Bukoswki sino alguien lleno de contradicciones. Alguien como cualquier otro, después de todo.
Martín Franco Vélez - Libélula Libros

lunes 19 de octubre de 2009

Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio

                                                                          
Se ha presentado una divertida controversia entre El Malpensante y Arcadia debido a que esta última presentó en su penúltimo número la breve crónica de una conversación con Harold Alvarado Tenorio. A los editores del Malpensante les ha parecido que se incurrió en excesos y comparaciones absurdas. No es necesario entrar en la discusión pues ya se bastan ellos para provocarse, pero vale meter basa para advertir que el mundo literario en Colombia merece más color, más provocación, más controversia, menos unanimismo, seguimos en el mismo estado de autoelogios, gestando escritores a veces con oficio pero siempre insípidos, y cuando más, llorones pretensiosos que suponen insuperable la capacidad de juntar de manera coherente más de tres frases. Nuestra mayor crítica consiste apenas en el silencio. En otros casos no es más que ejercicio académico que intenta emular los aburridos trabajos de universidades norteamericanas. Son pocas las notas que auscultan con juicio algún libro, su publicación debe agradecerse precisamente a revistas como Arcadia o El Malpensante: los Sopores de Morales y las juiciosas notas de Luis H. Aristizabal, poco más.
Claro, para decir algo habría que leer.
Alvarado Tenorio podrá ser un provocador que da golpes bajos, pero el establecimiento literario y editorial no se encumbra para mucho más. Un poco de humor y mala leche no pueden ser mal vistos en medio de tanto gris y tanta tristeza.
Como sucede con muchas otras cosas en Colombia, parece que quisiéramos arroparnos de cierta falsa melancolía: supondrán que solo allí habitan el arte y la poesía. (pfa)

lunes 12 de octubre de 2009

Notas

Lucy, quien maneja la caja y tantas otras cosas en la librería, acepta a veces recomendaciones de lecturas, siempre dependiendo de quien provengan. Tomás, otro dependiente, con claros ánimos educadores le llevó Pedro Páramo. No es posible imaginar los argumentos que habrá expuesto para recomendar la lectura, cabe en cambio suponer que habló entre dientes mientras acomodaba libros. Lucy luchó días enteros con el libro de Rulfo, lo hizo de manera franca. Luego, una vez devuelto el ejemplar, y en medio de alguna conversación, justo cuando no éramos pocos los presentes, soltó su crítica: “ese libro no me gustó, o yo me perdía o el perdido era él. A veces los personajes estaban muertos y a veces los mismos, vivos. Vivían y morían para volver a vivir o morir unas páginas más adelante”.
Podrá no haberle gustado, pero dio en el clavo. (pfa)

martes 22 de septiembre de 2009

La maravillosa vida breve de Óscar Wao. Junot Díaz. Mondadori. 2008.

Ignatius Reilly, el protagonista de La conjura de los necios, y Óscar Wao, el personaje de La maravillosa vida breve de Óscar Wao tienen muchas cosas en común: gordos, excluidos, incomprendidos, y paranoicos en mayor o menor grado, son formidables personajes que, gracias a su fuerza y contundencia, no solo se sienten posibles y hasta cercanos, sino que también han convertido sus espacios vitales, es decir, las novelas en las cuales viven, en formidables obras literarias.
La creación de un personaje memorable implica una complejidad literaria y creativa difícil de conjugar. La historia refleja lo eventual que puede ser esta conjunción. El personaje creado por el dominicano Junot Díaz tiene una fuerza vital extraña en la literatura contemporánea, y esa virtud sin duda merece, tal como ha sucedido, el reconocimiento de la crítica y los lectores. Sin importar el género nos hemos acostumbrado a una literatura desprovista de seres humanos, leemos en cambio acerca de meras presencias, instantes vitales, fugacidades y desencuentros, por eso emociona encontrar una obra en la que se presenta de manera generosa un individuo, tan posible como el mismo lector. Por otra parte, y tal vez debido también a Óscar, puede afirmarse que La maravillosa vida breve es una novela que refresca el ambiente literario contemporáneo, acudiendo a las más tradicionales formas literarias.
Es tan innegable la relación existente entre Óscar Wao y el ya mencionado Ignatius Reilly, que estoy seguro Junot Díaz la reconocerá, si no es que ya lo ha hecho, como es indudable también su deuda con las historias menores que rodearon al régimen trujillista, narradas con destreza y humor; pero el asunto de Óscar Wao va más allá, porque además de dominicano es también un latino en Estados Unidos y las posibilidades tragicómicas que se derivan de tal condición son múltiples y Díaz sabe aprovecharlas. El gordo Óscar es un nerd sobrehormonado que vive en un mundo de ciencia ficción, en el que las mujeres son lo único lejano e imposible, no obstante el personaje es dulce e inteligente y termina ganando el afecto del lector, que a pesar de su pesadez física, lo convierte en un héroe torpe y querido, tal como lo es Ignatius. (pfa)

martes 8 de septiembre de 2009

El libro negro. Orhan Pamuk. Traductor Rafael Carpintero. Alfaguara.

Una gota de aceite en el Bósforo. El vaivén de las olas que avivan los barcos ayuda a que emita un extraño reflejo; la historia de Estambul brota del agua y los túneles olvidados se llenan de voces, los maniquíes cobran vida y los pasos de un sultán que se mezclan con su pueblo siguen a los de algún dictador disfrazado de campesino; libros, historias de acá y de allá, de oriente y de occidente, fragmentos de novelas negras mal traducidas se confunden con la fina caligrafía de alguna página de Las mil y una noches o con las palabras de Fazlallah. Un ruido estridente: la historia que chilla bajo los neumáticos del Cadillac blanco en el que Mahoma da sus paseos por Estambul, acelerando a fondo y frenando en seco en cada esquina.
El Libro Negro trata sobre la identidad y el espejo. Siempre el espejo. Unas veces mudo y otras veces con una voz tan fuerte que distorsiona el lenguaje que transmiten los ojos al cerebro y nos permite caminar sin tropezar.
Tiene el libro varias formas de leerse. Las instrucciones están en el capítulo final. Quien pone estas letras sin mirar sus consecuencias propone algunas. (I) Para distraídos. Hay capítulos que pueden leerse como curiosidades o finas joyas (recomendados: capítulo 2, 8, 14; segunda parte: 4, 6, 8, 16). Cada uno es un artículo escrito por Cêlal, reportero del diario Milliyet. En estas historias los personajes se disuelven en la atmósfera.
(II) Para conservadores. Galip y Rüya (su mujer), juegan en una espiral de fantasmas mientras arde la ciudad sin arrojar una sola chispa. (Recomendados: 11, 13, 15, 17, de la segunda parte: 3, 13, 15, 17). Las huellas que dejan las llamas son simplemente historias, cuentos y voces que se acumulan en forma de hollín en la memoria.
Un laberinto que se escribe con pasos, que como papel se va llenando de letras imprecisas, de retratos que hablan, fotografías que se transforman en una historia, en un capítulo de un libro, en una novela policíaca. Eso es El Libro Negro.
Leer todo, mezclar todo, releer. La literatura no se encuentra en las páginas sino en los momentos en que el veneno que bebimos con la mirada surte su efecto. Un libro con un buen final. El Libro Negro es una apuesta por la literatura, la manía de contar historias.

Felipe Calderón V.—Libélula libros

jueves 27 de agosto de 2009

Notas

El juez Fernando Giraldo me ha dicho en un avión que aunque parezca pretencioso, él cree saber lo que es la soledad. Me gustó que no me advirtiera de manera tajante que tiene tal conocimiento, sino que supusiera incluso que puede no tener atisbo alguno, o más bien, que en caso de saberlo, manifestarlo sería una descarada falta de pudor; aun así me contó su historia: una tarde de sábado en Pácora, cuando era juez en ese pueblo, se sentó en el parque a leer "Pantaleón y las visitadoras", se reía públicamente y sin vergüenza, luego cuando terminó y quiso mostrarle a alguien lo que lo había hecho gozar, se acordó que estaba solo en ese pueblo, que no conocía a alguien, y que el gozo generado por la lectura no lo podía compartir; allí, en ese instante -dijo-, me sentí solo, infinitamente solo. (pfa)